Lobo blanco / Lobo negro

lobo

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  • Categoría: Novela Romántica
  • 1° Edición: 2003
  • Escritora: Florence Nahon
  • Arco Baleno Ediciones
  • I.S.B.N.: 84-931944-5-X
  • Depósito Legal: MA-650-2003
  • Idioma: Español/ Inglés
  • Formato Disponible: Descargar(Pdf) / Papel 125 páginas

Lobo blanco, Lobo negro, es la historia de Edmundo, arquetipo del personaje maldito al que le secunda su hermanastro Julián, inteligente y triunfador pero innegablemente menos competente en otros aspectos. Tras una larga ausencia, Edmundo, vuelve de sus andanzas para velar a su madre y se reencuentra con Julián. Al verle, éste le ofrece su incondicional afecto, mientras que Edmundo, acostumbrado a disfrazar sus sentimientos, decide confiar su educación a un cura. Recién salido de prisión, Edmundo acaba de cometer un atroz asesinato y se ve obligado a huir de la justicia. Su salvación será servir en la Legión Extranjera. No habrá reencuentro entre los dos personajes. Durante años, el único hilo conductor que les mantendrá unidos será un inigualable intercambio de cartas, vivencias personales evidentemente llenas de ternura y verdad en las que lo mejor del alma humana sale a flote. Pero también existen momentos en la vida de un hombre en que la patria está en el destierro. Proscrito, desterrado, hombre de acción, militar, Edmundo es esto y mucho más. Y en medio de todo este desorden, aparece el amor que injustamente se había confundido con todo lo demás…

La historia comienza en el penitenciario de Marsella, donde Edmundo, nuestro personaje central, está contando las horas que le quedan para ver finalizada su condena por robo con agravantes. Sin embargo, el cruel destino querrá que esta excarcelación no advenga de momento. Y es en esta misma fortaleza guarnecida por hostiles soldados y no menos hostiles presidiarios, que nuestro joven delincuente, dejando rienda suelta a su impulsivo instinto de supervivencia, aun cuando este delito era el de peor grado de rigor y de tiempo, se convertirá en aprendiz de asesino…

El principio de esta novela fue inspirado en el relato de una historia vivida. A partir de allí, la autora desarrolló su propia fantasía por lo que toda relación con los personajes o hechos contados sería simple coincidencia.

Pequeño avance:

……  Mientras tanto, allá, la acción empezaba. Era el instante de luchar. La historia iba a ceñir las frentes de ignominia o de gloria. La muerte de los Legionarios, como si de hermanos se tratara, había gritado venganza y el momento de la venganza había llegado.

Primero salió la Infantería, los granaderos comenzaron un fuego muy vivo; en sus líneas, defendiéndola con valor, se encontraba Karim. Luego le tocó el turno a la Caballería Ligera, cuya tropa estaba bajo el mando de Edmundo en persona. El enemigo apuraba por todas partes, dos veces intentó penetrar y dos veces fue rechazado por el fuego y las cuchillas de las bayonetas hasta fuera del bosque. El peligro crecía, pero la retaguardia resistía. A alguna distancia se encontraba el Sargento Von Meier, que en el último instante se había unido a ella. Se batieron durante toda la noche y finalmente, a primeras horas del amanecer, el corneta tocó retirada. ¡Habían vencido aunque el ala del ángel de la muerte, se proyectara en la penumbra!

Von Meier lo había dicho: jamás se olvidaba de una cara. Para él, lo cierto era que esta vez, Edmundo no sería un obstáculo a los designios personales y ambiciosos que esperaba. La gloria recargaría en él, sólo en él y en vida. Llevaba en su interior un ímpetu siniestro y comprimido que había de estallar. ¿Al fin de cuentas, qué corazón herido no arroja, tarde o temprano, su rencor vetusto? ¡Soportar con el rostro inalterable la bofetada y bendecir la mano, cuando ruge la cólera implacable, será muy santo, pero no humano! Herir, matar, era rebelarse. ¡Rebelarse era un esfuerzo natural cumplido y como esfuerzo natural, era justo! Repasando la historia, revistiéndole de las insignias de la victoria, en él reconocerían por fin al hombre superior que era…

Descargó su fúsil. Edmundo cayó al suelo, hundiéndose en el fango. Estaba malherido, giró la cabeza con dificultad, pero aún le quedaban fuerzas para poner a prueba su agudeza visual y su memoria… Aquél rostro picado de viruelas no le era desconocido… Miró rápidamente a su alrededor y la siniestra visión de lo que vio aumentó aún más el dolor de la herida: miembros esparcidos por doquier, cabezas cortadas y caballos alanceados arrastrándose sobre los moribundos. Forzando la vista a pesar de las invisibles lágrimas mezcladas con sangre y lodo, entre tambores rotos y pedazos de espadas, reconoció el cuerpo sin vida de Karim, acostado sobre su espalda cual una estatua y su bravo caballo que agonizaba tirando coces patas arriba. No había nada más lastimoso para él, en estos momentos, que el hecho de no poder poner fin a la lenta agonía que señalaba el término de la vida robusta del pobre animal. Buscó el retrato que no se había separado de él desde hacía años. Estaba bañado de sangre.

Un hombre se acercó lentamente entre ese sombrío cuadro. ¡Las honoríficas insignias en la solapa no podían ser una visión! ¡Era el General Otto Von Meier…!

–Me pregunto, ¿en qué puede pensar un hombre antes de morir, en su puta? ¡No tengas ningún pesar, iré a visitarla muy pronto y te prometo que una vez complacida, no tardará mucho en olvidarte!

Pronunció su nombre cuando ya no sabía cual era el suyo…

– ¡Leila!

Las calumnias, la prisión, el destierro, eran tristezas incomprensibles para quien quiera que no las hubiese sufrido, pero esta idea sola, era peor que la muerte. Volveré, los muertos no volvían, él quedaría en el pasado, en esto no se había equivocado, ahora los vivos tendrían su turno…

Siempre erguida la cabeza, ¡toda actitud de postración mancilla!, de la garganta de Edmundo se alzó, como estruendo de oleaje, un grito aterrador y enfurecido, como si de ese lobo salvaje saliese el dolor en forma de aullido. Fue su último timbre de grandeza…

Destacándose de esa oscura noche como aurora mágica, su viril espíritu fulguraba aún sobre la arena ensangrentada y trágica. Sobre su pecho de atleta, minado por rudos sacudimientos de pena, por contragolpes cardíacos, por conmociones tremendas, cubierto el semblante noble de palidez cadavérica y privadas las pupilas de la luz de la existencia, se desplomó su admirable, su majestuosa cabeza.

De nuevo una detonación y Edmundo cayó, muerto. La vida de aquél soldado oscuro pero leal a su bandera había emprendido ese viaje de dónde no se regresaba. Había muerto, mártir de su patriotismo…

Edmundo Morlaix acababa de sucumbir a la edad de veintiséis años. Su muerte había sido una consecuencia de su corta vida. Hombre de acción, debía perecer en un duelo o en una batalla. Habrá quien le reproche su existencia pero al menos, nadie negará su valor, los servicios hechos al país, ni la elevación de su carácter al derramar su sangre contra sus propias doctrinas.

Y sucedió lo que sucede siempre en tales casos. ¡Aquellos usurpadores que sin ponerse en peligro, aprovechaban el triunfo de los demás! ¡Oh eterna e incurable bajeza humana!

Von Meier fue aclamado, fue reverenciado y finalmente regresó a Argelia.

Cuando se presentó ante Leila, como un vencedor, traía consigo la fatal noticia, la carta que nunca llegó a su destinataria y el inseparable retrato de Julián, enrojecido con su sangre… Esta vez pensaba someterla sin dificultad pero su cinismo se vino abajo de inmediato:

–Fue un encuentro furioso, combatió con valor hasta el final pero la pólvora enemiga le alcanzó, traicionando su valor…

Muy honda y justa era la pena que brotaba de ella al contemplar una existencia herida por la mano de un idiota, porque presente en su espíritu, se imaginaba cuál había sido el infortunio de Edmundo… Ella no culpaba al destino, tercero en discordia…

– ¿Te encontrabas allí cuando ocurrió?

–Sí y antes de morir me entregó esto.

–Le hubiese gustado que le enterrasen en suelo argelino… Además, entre bromas, ya tenía preparado su epitafio:

Buen vividor, buen soldado, buen amigo y buen ciudadano…

–Pensé que te alegraría saber que su pensamiento era casarse contigo, el cruel destino quiso, sin embargo, que en vez de traje de boda, preparara su traje de duelo. A veces es necesario “servirse” de un hombre para olvidar a otro…

–A veces, pero tú no eres de esos hombres de los que una se sirve para olvidar a otro. No señor, antes sola que mal acompañada.

–No encaneceré en la carrera de las armas y necesito a una mujer a mi lado. Sabré esperar…

–¡ Voto a Judas! ¡Tendrás que esperar sentado debajo de un olmo pues la espera va a ser larga e improductiva!

–Ya no se puede obrar sobre el pasado, la muerte no tiene remisión.

– ¡Márchate y vuelve sin tardanza al lugar de adonde vienes, pues nada podrás obtener de mí…!

Así de duras podían ser las injurias de la vida pero para Von Meier, el mayor ultraje era echar al olvido la mujer por la que había sacrificado el poco de honor que aún le quedaba.

Burlado en sus esperanzas, intentó disimular la tristeza que obscurecía su corazón y el furor que anublaba su semblante, pero prefirió callar mientras ella insistía:

–La pérdida que acabo de sufrir es inmensa pero tendrás que resignarte. Vivo o muerto, él ya entró en la inmortalidad, mi destino no está contigo, pero sí con él. La prueba es el hijo que llevo en mi vientre, un hijo que no necesitará que su padre esté presente para crecer, ni para que yo siga amándole. La venganza de algunos hombres, no mata, hace vivir…

Tal es el carácter de la mujer que ama, hacer al hombre semejante a Dios, inmortal y el carácter del hombre inmortal, a su vez, es purificar a la mujer amada… Estaba en el destino de Edmundo que Leila abandonara la prostitución. Tal era la ley del progreso, de la vida. Y la vida no estaba en un solo hombre, en un recuerdo; estaba consigo misma.

Después de la muerte de Edmundo, Julián quiso conocer a Leila. Ignoraba aún que había quedado en cinta, pero para él, era la viuda de su hermano mayor y por tanto, pasaba a formar parte de su familia. Cuando ésta le hizo partícipe de su estado de buena esperanza, fue tal la alegría de Julián que exclamó:

– ¡Mujer, traes contigo el porvenir, la perpetuidad! El tiempo premiará tus fatigas, los credos tenebrosos por fuerza habrán de caer cuando aparezcan los credos luminosos…

–Era el más desconocido de los hombres… Encerrado como la flor en el capullo, Edmundo, para siempre, quedará en mi corazón…

–Sí, era un hombre que creyó, soñó y luchó por una sociedad más justa y libre. Durante estos años, en silencio, se dedicó a despertar las fuerzas ocultas que veía en mí…

Leila sonrió inesperadamente. Ella mejor que nadie sabía cómo su mente había sido preparada para esta insurrección…

– ¿Y lo consiguió?

–Si lo que buscaba era ver surgir, algún día en mí, un potencial revolucionario, entonces, lo consiguió.

–Cuando miro este gran campo de reposo, siento rugir una vida misteriosa a mi alrededor, como si el espíritu de Edmundo estuviera removiéndose aquí debajo y se me revuelve la sangre de tanta injusticia. Bien meditado todo, creo que Edmundo no era el único que soñaba con un mundo al revés…

–Todos soñamos con un mundo al revés pero Edmundo no se hundió inútilmente en esta tierra; sé que ya no se encuentra entre nosotros y esté donde esté, ha de saber que yo prometí fidelidad a sus convicciones. No dejaré que su memoria siga arrastrándose en la frialdad, en la estrechez y la podredumbre, incluso muerto, no permitiré que siga siendo un proletario del mundo subterráneo.

–Y yo quiero que su hijo le recuerde como un hombre que sin renunciar a su personalidad, combatió la injusticia en vanguardia y como un buen soldado cuyo culto al valor siempre se sobrepuso a su instinto de conservación.

–En su persona busqué al hombre fuerte que me enseñó a no eludir las dificultades y a hacer pedazos la incongruencia de mis convicciones. Ahora sé lo que era en mi tiempo de juventud, un casto y un pobre ignorante, más preocupado por mi carrera que por el bien público.

–Detentaba un gran saber y tenía una intensa vida interior, créeme.

–Lo sé. Tenía ambas cosas inscritas en su ser.

–Para él, representabas un tesoro espiritual valiosísimo…

Al cabo de unas semanas, Leila embarcaba rumbo a tierras francesas. Para ella, este viaje representaba mucho más que una nueva forma de trashumancia ya que sedentarizarse  hubiese sido como negarse a sí misma. ¿Ocurriría lo mismo que sucedió con Edmundo? ¿Amaría ella, aquella tierra con la misma fuerza que Edmundo amó Argelia? Sabía que sí. Había momentos, en la vida, en que la patria estaba en el destierro… Intuía que el sexo del niño que esperaba sería varón y se sentía feliz porque su vientre de mujer, sería el árbitro de su nuevo destino…

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