imagesCAN9AEKIMe gustaría empezar esta historia contando que tuve un embarazo sin complicaciones. Me dijeron que el bebé sería niño. Mi hijo Morgan nació el 14 de Diciembre de 1992 por cesárea programada. Todo salió bien. Las enfermeras le llevaron a la sala de recuperación para enseñármelo y me pareció el bebé más hermoso de la tierra. Debo recordar antes de que sea demasiado tarde el tacto y la voz de mi hijo, educado desde su nacimiento para ser, invariablemente, el mejor.
Los próximos siete días, en el Hospital, pasé mucho tiempo con Morgan. Algunas vidas tienen un momento claramente definido. Desde ese momento se convirtió en mi ángel especial.

Esta es la historia de las dos semanas en las que mi vida cambió. La muerte es parte de la vida, nadie escapa de ella y nadie escapa de la dura realidad de hacer frente a la pérdida de alguien querido. Pero un hijo, con sólo trece años. Pensé que lo había perdido. De repente, olas de desesperación me engulleron toda, me pareció que mi vida no sería más que dolor y soledad. Sentí una sensación extraña, desde muy adentro, ganas de irme y esconderme para siempre. Pero él me necesitaba.
Jamás olvidaré aquél día, aquél accidente. Sucedió un 4 de Julio del año 2006.

Es tarde, pero nada puede interrumpir el curso de mis meditaciones supremas. Se ha dicho que los escritores son como arañas que producen sus grandes obras por lo que sale de sus entrañas.
¿Quién es capaz de aceptar la pérdida de un hijo? Estoy segura de que llevaba puesto el casco cuando el quad se estrelló contra aquel muro. Recuerdo perfectamente el hospital. Parecía como si estuviera de pie delante de un ángel. Podía sentir su silencio. Tal vez durante un par de horas descubrió el paraíso, un mundo que yo siempre me resistí a entender.

He estado sola durante tanto tiempo o quizás he mirado demasiado tiempo a través de los ojos de Morgan, con la esperanza de un milagro. Lo amaba tanto. Como es evidente, creo en los milagros. También creo en los valores de la ciencia pero quería ver la realidad de frente. El que crece ciego no tiene ningún deseo de ver y la voz que se pierde en el silencio es dueña de un secreto que tememos contar. Pregunté al neurólogo, a los médicos, a cada enfermera, ¿qué iba a ser de mi hijo? y todos ellos me contestaron: sólo podemos rezar y esperar. He rezado mucho. Oraciones y más oraciones pero una única invocación. Recuerdo cada escena, cada palabra, cada abrazo, las frases y tensiones de los médicos. El olor a orina por todas partes. El olor de la sangre abrumadora, que me llamaba, me atraía.
Seguí mi guardia nocturna y esperé durante días, semanas. Eran días grises y fríos aunque fuera verano. Había perdido todo sentido del tiempo, en cambio, el Hospital era todo mío, se había convertido en mi hogar.

Oré y esperé sin aliento, como en parada cardíaca, durante horas y días, mientras esperaba el resultado de las pruebas. Eran las cinco de la mañana y allí estaba yo, en la oscuridad total. El olor a muerte estaba por todas partes. En algún lugar, un niño gemía. Invoqué al Todopoderoso. Y entonces sentí su presencia. Estoy segura de que me estaba observando, ya no estaba sola.

Finalmente llegó la frase tan esperada, el doctor me dijo: “Su hijo está bien”. Nunca he sido capaz de encontrar las palabras para decir lo que este momento significó para mí. No era sólo alivio o alegría, fue un momento trascendente. Yo creía en la inmortalidad de la vida, pero al mismo tiempo no podía calmar mi deseo de renacimiento. El renacimiento de Morgan, mi hijo.

Poco a poco, se despertó del coma y durante su terapia intensiva, el futuro, como una bendición, se hizo más claro para mí. Acababa de conocer mis propias sombras, pero entonces, nuevos y prometedores caminos se abrían ante mí. Sabía que tendría a Morgan de nuevo conmigo para siempre. Cumpliría catorce años el 14 de Diciembre. Ahora me aferro a la vida, pero también soy capaz de mirar hacia el pasado. Y hacia el mañana, porque las agujas del reloj, de nuevo marcan horas de esperanza…

Para mí, el Hospital Materno es más que un hospital. Recuerdo cuando miré profundamente a los ojos y le dije al Dr. Curro Rodríguez: “Esta es mi familia. Esto es lo que he encontrado en este Hospital, una verdadera familia, ocho enfermeras que vivieron, cocinaron, limpiaron, se preocuparon y dieron instrucciones a todos mis días y mis noches”. Y cuando Morgan pudo hablar de nuevo, me acuerdo de las palabras que una de ellas le dijo: “Mírame y  escúchame bien. Piensa en tu madre, ella te ama tanto, no vayas a subirte en una moto nunca más…” He aprendido que hay vidas que te devuelven la vida, hay que tener fe, incluso en la adversidad. Gracias a toda esta gente anónima porque todo lo que escribo, ahora tiene un nuevo sentido.

Durante la rehabilitación de mi hijo supe que mi vida iba a cambiar drásticamente. Hice una promesa: Dar amor y risas, escuchar, dar comprensión y atención a las personas afectadas que conoceré a lo largo de mi vida. Cuando escuche a esas personas, a partir de ahora “las entenderé”, daré un significado más profundo a sus palabras. Es parte de lo que Morgan me ha aportado, la esencia de este niño, la esencia de mi vida, es amor.
Estoy recorriendo el camino de la vida con Morgan, bendito sea por haber dado sentido a mis días. A través de Morgan he aprendido que nadie es intocable y las cosas no siempre son perfectas pero ahora, miro y pienso de manera diferente, cada hito alcanzado ha sido una bendición y no una expectativa. Él ha sido mi inspiración, él es mi ángel especial.